
La fe derrumba montañas.
.El tiempo cambió la historia, las costumbres, las formas de vida de la gente. Aquella que vivía del silencio de los demás. Como la bocina de un vetusto automóvil de los años cincuenta que alertaba muy temprano a prodigarse de alimentos y departir con los escasos integrantes del seno familiar. Qué inolvidables años que ya no volverán. Con una moneda se podía comprar para la semana y sobraba. Todos ponían la cuota de consumo.
Eran aquellos tiempos cuando se usaba la gomina para el cabello. Daba la brillantez en la presencia de los varones que se lucían muy frescos ante las miradas sutiles de las innumerables damitas de la época, especialmente en primavera y en verano. Se contaba casi siempre de un clima seco, cálido y permisible a los embates de la naturaleza.
En el antiguo mercado de la avenida Bolognesi confluían los vecinos portentosos y de menos valía. De acuerdo a las sobres que recibían a la semana o a la quincena. Los grandes no sentían la diferencia pero en cambio los pequeños eran felices con lo poco que ganaban.
En la tienda del chino José se encontraban ciertas señoras que más que comprar se deleitaban conversando mientras les iba despachando. La señora Francisca era esposa de un ferrocarrilero y la señora Santa, esposa de un tamalero, muy conocido por sus ricos tamales que vendía en las puertas del mercado.
Tan amena era conversación que la señora Pancha solicitaba una opinión de lo que le sucedía y así tendría pronto una solución a sus inquietantes interrogantes. No era nada más ni nada menos que la astucia de su hijo Liborio. Un niño nacido para el trabajo, cariñoso, obediente y muy capaz de crear una circunstancia en el hogar o en la calle. Con tanto interés le contaba Panchita a la esposa del tamalero. La señora Santa no hallaba la hora de saber en que consistía la capacidad del niño. Tal se imaginaba que era adivino, prodigioso. O tal vez tenga alguna anormalidad. Nada raro sería que para esta época una ocurrencia de un niño causaría una impresión en la incauta gente.
Las escasas boticas del lugar no eran suficientes para calmar los males constantes. Las pocas que habían, surtían sus productos como pan caliente.
Panchita le decía a la señora Santa una de las tantas veces que se encontraban. Eran minutos pero parecían horas y horas. Cada una cumplía su deber en el hogar. Era imposible quedarse más tiempo aún sea la conversación muy interesante.
- ¿Cómo ha cambiado el tiempo?
La señora Santa le contestaba muy apenada:
- Así es. Y eso no es todo hasta nuestros modos de vida han cambiado. ¡Estos jóvenes no son como los de antes¡-, decía.
Panchita movía su blanca cabeza suspirando algún recuerdo que le venía a la mente. Y se le escapaba alguna lágrima de nostalgia. En eso Santa la calmaba:
- No te pongas así Panchita. La vida no se detiene. Hay que ponerle ánimo y no dejarse vencer. Dios está arriba y desde allí nos envía sus bendiciones.
Todo lo que hacían para que la mesa esté servida a las doce del día. A esa hora salía del ferrocarril don Felipe, un mecánico de mantenimiento de dicha empresa, que prestaba servicio al vecino puerto de Arica trasladando a los comerciantes de la ciudad y de otros lugares.
El tiempo avanzó inexorablemente que no tuvo la oportunidad de contraer nupcias con don Felipe. Este bonito romance nació en la pensión de la señora Panchita, habiendo demostrado este caballero una escuela de respeto, una incomparable simpatía, halagador y su conversación contagiaba a todo el que lo escuchaba. La señora mostraba su fina atención que lo cautivaba con sus deliciosas comidas. Don Felipe era oriundo de Sama. Moreno hasta las cejas, bonachón, amable.
Las doce del día era santo porque todos se santiguaban cuando tocaba a esa hora la sirena de la compañía de Bomberos de la calle Dos de Mayo.
Fruto de ese ferviente amor aparece en la escena Liborio. Un morocho niño angelical, dando alegría a la pareja. No tenía rumbo ni destino. Hasta la casa era alquilada.
Para la señora Pancha no fue un obstáculo la crianza del niño porque su comadre del frente venía y la apoyaba. El niño creció y era un alumno aplicado en la escuela primaria dos cuadras más arriba de la casa donde vivían.
Las veces que la señora Pancha salía al mercado muy temprano a realizar las compras se encontraban muchas veces como de casualidad. El diálogo quedaba interrumpido, como una telenovela, para el siguiente encuentro. El interesante contenido era disfrutado por ambas amigas, que preparaban su batería de ideas.
La amistad de las dos marcaba un hito de hermandad. Se contaban los secretos hogareños con tanta sutileza y privacidad que no desconfiaban la una de la otra. Sus maridos no se imaginaban absolutamente nada de lo que ocurría. La cosa era que dosificaban bien el tiempo y nunca fallaban.
En una de esas mañanas la intriga mataba a la señora Santa, que no escatimó en hacerle una pregunta:
- Panchita, disculpa, el otro día no me terminaste de contar lo que le pasaba a tu hijo.
- Santa. No sé lo que pasa con mi hijo. La verdad te lo cuento porque me inspiras confianza y tal vez me puedas ayudar a resolver este enredo.
Cuando ya se lo iba a contar a su amiga, apareció comuna saeta Liborio, que le dio alcance para comunicarle que a su mamá la buscaba una señora con su niño enfermo.
Tuvo que despedirse de Santa e inmediatamente dirigirse a su casa.
En la puerta de la casa se encontraba la profesora Matilde con su niño Andrés, retorciéndose de dolor. El doctor no daba exactamente con el mal. En eso se acordó de la señora Panchita que así comentaban en el mercado de su curación casera y milagrosa. La señora Panchita como una gran doctora diagnóstico una fuerte inflamación en el estómago, recetando a la profesora comprar algunos productos vegetales para desinflamar la zona afectada. Batió la clara de unos cuantos huevos frescos de gallina lo expuso al sol desprendió una aceite le dio de beber dos cucharadas y la espuma se la puso como un emplasto. A las pocas horas el niño sintió mejoría. Santo remedio.
Cada día que pasaba le preocupaba el modo de vida de la señora Panchita. Tan sencilla, humilde y bondadosa, que no escatimaba esfuerzo alguno para entregar un bien cuando se le pedían sin esperar nada a cambio. Ya sea un limón, un tomatito, un poquito de azúcar o algo que algún vecino le faltaba. La casa de la señora Panchita era alquilada como el de la señora Santa. Tan pobres que no tenían dinero para comprar dichos terrenos. No era una tienda, ni mucho menos una botica o un hospital o un consultorio médico. Todo el mundo concurría a la casa de Panchita para aliviar sus males y le dejaban alguna propinita después de calmar sus angustias. Estas cualidades las aprendió de su madre Rosa ella a su vez de una comadre brasileña. Encomendándose a Dios realizaban curaciones de huesos, torceduras, fiebres altas, inflamaciones hasta atenciones de partos. Tomaba el pulso para determinar el embarazo.
Entre tantas cosas lo más importante era calmar la preocupación del afectado, que ofrecía el oro y el moro. Dos soles, cinco soles, diez soles era suficiente para mantener a su pequeño hijo.
Poco a poco fue bajando este servicio por la competencia. Surgieron otros con más perfección. Los días eran blancos.
Don Felipe en la empresa ganaba poco como para mantenerlos.
Y la pensión de la señora Panchita servía para mantener a su hijo Liborio y a pareja. A dos personas atendía: un policía y empleado de una ferretería. Después se acomodaron dos más de la compañía ferrocarrilera. La culinaria que empleaba la diestra cocinera eran platos del sur chileno, que quedaron heredados después de la guerra con Chile. Todos se chupaban los dedos. Cocinaba rico y barato. Se saboreaban el rico chupe de porotos los días lunes, las lentejas y los pallares acompañados de un gran trozo de carne frita. Una buena sopa de huesos de manzana daba el comienzo al festín alimenticio. Se servían como cargadores. En plato hondo se servía. Los comensales dejaban el vuelto por un sol que daban por este deleite. Liborio ayudaba a su mamá en las compras de emergencia o algún pedido de los comensales, como gaseosas o cigarrillos. También sabía cantar y bailar.
Un jueves santo feriado se acostumbraba guardar ayuno, comer pescado. Muy temprano el día domingo de ramos se dirigían a la capilla cercana a escuchar misa y a la bendición de los ramos. En la segunda fila estaba ubicada la señora Panchita y a su espalda se divisaba la señora Santa. Muy atentas a la conducción de la misa y de las reflexiones del sacerdote se aprestaban a recibir el pan consagrado llamado hostia. Cuando se acercaron a recibirla Panchita se saludó con los ojos con Santa. Como si se dijeran a la salida nos vemos. Y así pasó conversaron pocos minutos donde Santa no le quedó más remedio que realizar la pregunta pendiente:
- ¿Y qué pasó con tu hijo Liborio?
- Con lágrimas en los ojos Panchita le narró poco a poco lo que le sucedió a Liborio mientras curaba a un niño, donde la desesperanza invadió mis nociones. Estaba entrampada no encontraba el hilo de la madeja. El niño presentaba un cuadro de difícil solución. Con nada mejoraba. Y como un autómata como que si alguien lo dirijiese Liborio le puso las manos en la cabeza al niño como queriendo acariciarlo y de pronto comenzaron a temblar los dos como si una descarga eléctrica atravesaran sus cuerpos. El niño comenzó a aliviarse de los males. Liborio recuperaba su trance. Actuaba como que alguien lo dirigía. Su mamá asustada y muy sorprendida no atinaba a pronunciar palabra alguna. El niño se levantó, se puso a llorar y se tiró a los brazos de su madre. La señora no hallaba la forma de agradecer o a la señora o al niño Liborio por esa hazaña, prodigio o designio de Dios o señal de sanación o qué.
Santa no lo podía creer. Sólo atinaba a decir ten piedad de nosotros como si esto fuera cosa del diablo. Pero no era así. El niño Liborio estaba camino a ser un santo de verdad.
Fueron pasando los días la vida continuó normal. No daban a conocer a nadie sobre los pormenores. Ni a los curas ni a la gente porque de imaginarse todos buscarían aliviar definitivamente sus males como un milagro de Dios y además abarrotarían la humilde vivienda o se provocaría un caos. La señora Santa aconsejó no adelantar juicios hasta su reiteración.
Y así fue las ocasiones continuaron muchas personas se curaron con las manos benditas de Liborio. Su madre quedó relegada.
Todo era felicidad en este humilde hogar. Liborio ya tenía quince años de edad, ya se daba cuenta de las cosas, de la realidad. Sus padres se encontraban cansados. Don Felipe retirado de la empresa y la pensión no abrigaba un futuro alentador. El joven Liborio dibujaba un camino esperanzador donde el sostén de la familia tenía que ser él.
Cierta noche Liborio muy compungido se recostó en su cama y se soñó que una fuerza poderosa lo envolvía con un manto y lo transportaba a un mundo celestial. Allí una voz omnipotente le decía:
-¡Tú tienes que salvar a todos! Tendrás que ponerte los hábitos del sacerdocio y servir al señor.
Su sueño parecía realidad. Al despertar Liborio ya se sentía sacerdote, cura o padre. Era santo.
A la muerte de sus padres Liborio cumplió el sueño. Se presentó a un seminario y pronto recibiría los hábitos sacerdotales. Liborio nació con un don. Curaba con sus manos. Su madre se dio cuenta cuando tenía ocho años. Con sus buenos consejos aliviaba las almas de muchos feligreses.
Liborio vivió muchos años pensando en el prójimo y en el ejemplo de sus padres de ser un hijo para el servicio de los demás.

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